No te olvides de guardar el albornoz naranja ni de echar al cubo de la basura las bolsas de lechuga lavada y cortada que ya no te vas a comer.
Registra los cajones y, aunque ya no tenga caso, déjame verte pasar la mopa, baila otra vez para mí la danza de las pelusas de desconocida procedencia.
Esta noche el vecino de enfrente se preguntará dónde está tu luz y cuando se dé cuenta de que ya no habrá más episodios de descuido y exhibicionismo, de que tu silueta nunca más va a estar detrás de los visillos, echará con fastidio la colilla al patio de luces.
El cepillo de dientes. Comprueba que has metido el pasaporte y el billete de avión en el bolso. Estás a tiempo de pedirme con los ojos que los haga desaparecer sin ningún tipo de magia.
Pretendes que me lleve a casa todas esas botellas a medio beber y que cuide hasta nueva orden de tus peces de colores. Les deprimiría, juras, volar con una compañía de bajo coste.
La cama sin sábanas ni colcha, la mesita de noche sin el caos de tus pendientes y collares, sin tu aerosol para el asma y sin el bloc de notas –antiguo suvenir de un parque temático, donde anotabas palabras nuevas, con su plural, género y significado.
Tu maleta murmurándole al parqué, el lejano rumor de un taladro y tú tarareando Wonderwall. El crujido como de vela de barco al desplegarse, cuando descuelgas los pósters. La voz elástica de una goma para mantenerlos enrollados. El encierro de todos ellos en uno de esos largos tubos de plástico.
Te acercas y dices que bueno, que crees que ya está todo. Te encoges de hombros. Me instas con un gesto a abandonar el salón. Apagas la luz. Te pregunto si no te importaría que diera en adopción a tus peces. “Mi hermana –aseguro- los cuidará mucho mejor”.
Saco tus cosas al rellano. Sales y vuelves a entrar para comprobar que no olvidas nada, que has cerrado la llave de paso del gas y apagado todas las luces. Un portazo, dos vueltas de llave. Besas la puerta. Suspiras.
Te despides de todo con los ojos.
Bajamos las escaleras más despacio que nunca.
Cuando llegamos a la planta baja, los dos vamos mirando al suelo. Se enciende la luz, de forma automática, al abrirte la puerta.
Recorremos la calle en silencio, juntos por última vez. Nos cruzamos con el cartero. La prostituta rubia, como siempre, está en el umbral de la puerta del acogedor “Rotte Laterne”. El viejo con el sombrero tirolés lee el Kronen Zeitung, sentado frente al supermercado. Las majestuosas negras que van a la iglesia pentecostal del nuevo milenio. Tu sonrisa para sus hijas, de cabellos trenzados. El griterío de los niños en el parque; ese que, al principio, no osabas atravesar de noche. La pequeña cancha de baloncesto donde el chaval chino entrena todas las tardes. La mesa de pin pon donde escribiste tu nombre la primera vez que nevó. La algarabía amazónica de la feria.
Y hasta aquí hemos llegado. Prefieres que no te acompañe en tu último trayecto al aeropuerto. Y estás en tu derecho. Pero. Te despides con normalidad, como si mañana mismo fuéramos a encontrarnos.
Tampoco hoy te he visto llorar. Me pregunto a quién reservarás semejante privilegio.

